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10 noviembre 2021
Autor: Pedro J. Lacort
Cállese, señora

Ya no es verano, pero sigue habiendo bodas. He empezado a escribir esto mientras llega el café que precederá a las copas. Es justo el momento en el que los invitados se despendolan y empiezan a abandonar las mesas. Algunos van al servicio, otros aprovechan para saludar a un primo de no sé quién y los más ansiosos comienzan a merodear por lo que será la barra libre. Yo aprovecho que estoy solo en medio de la selva y anoto estas líneas que no sé si mañana podré rematar.

Me retrotraigo al primer plato. Ensalada templada de rape. Ni fu ni fa. La mesa es redonda y todos nos vemos las caras. Somos nueve personas: Cristina y cuatro parejas. Cristina no tiene pareja porque no le sale del moño. Está acostumbrada a ciertos chistes. Tiene las respuestas automatizadas y el gatillo fácil. Hoy está relajada, entre sus amigas y los maridos de sus amigas. Viene en son de paz, pero cuando todo parece fluir de manera natural, uno de los machos hace su pregunta de siempre: «Bueno, Cristina, cuéntanos, ¿Tú cuándo te vas a echar novio? Ya está. Toneladas de silencio. Miradas al mantel. Milésimas de hielo. La respuesta sale de su boca arañando el aire: «Cuando encuentre a alguien que no sea tan patán como tú». Hay miradas que pagan por sí solas el precio de la entrada y la que le dedicó al patán su mujer amortizó de súbito lo que habíamos metido en el sobre.

Al cabo de un rato escribiendo, siento cierto pudor. Si alguno de los invitados me viera allí solo escribiendo en mitad del jolgorio, no pensaría en mí como un creador atormentado, pensaría más bien que soy un soso con dificultades para socializar. Me levanto y voy hasta el servicio. Una pequeña garita que sirve de ropero separa el de caballeros del de señoras. Llego hasta uno de lo urinarios y desde allí, sin pretenderlo, escucho nítidamente una conversación entre Ana, una conocida de la facultad, y una señora de unos sesenta años que imprudentemente le pregunta: «Niña, tú ya estarás pensando en tener niños, ¿no?» A continuación, un silencio largo, como si la chica estuviese decidiendo qué contestar. Yo por dentro deseando que conteste «Cállese, señora», pero no. Con todo el humor que es capaz de reunir, suelta algo parecido a un chascarrillo envenenado: «Anda ya, Pepa, que ya no es obligatorio ser madre». Luego sale de allí lo más rápido posible y deja a la señora cotorreando con sus amigas con pose de disgusto y aspavientos en las manos.

Miradas de mantel (o de escote)

Sophia Loren y Jayne Mansfield.

No doy mayor importancia a estas dos anécdotas hasta que una parecida me embarra los tobillos. Salgo con mi copa a la pista de baile dispuesto a todo y, a la primera de cambio, un excompañero de clase decide que opinar sobre mi estado físico es gratis y le apetece: – Has cogido unos kilitos». – Me dice. Ok, no me molesta. Tiene razón, pero el caso es que insiste. – Tío, tienes que cuidarte. Lo dejas, lo dejas y al final no vas a caber en el traje. Treinta euros me cuesta a mí y es que ¿eso qué son? ¿Cinco copas al mes que no te tomas? – Ya tío – le respondo con la misma confianza infundada – Pero es que yo quiero tomarme esas copas, ¿entiendes? Esas y las que me apetezcan y me causen placer. Mientras los gimnasios sean de pago y las bibliotecas gratuitas seguiré haciéndolo. Un saludo. Cuídate mucho. Estás estupendo.

Dicho esto, me mezclo de nuevo entre los invitados. Las bodas son como el carnaval. La gente se disfraza, bebe y hace o dice cosas que normalmente evitaría. Una noche para maquillar o descubrir carencias. Para conocer también la importancia de un silencio a tiempo. El escenario perfecto para detectar gilipollas. Incluso si el gilipollas es uno mismo.

Ya es el día después y la resaca me está respetando. Me prometí que terminaría este texto y aquí estoy. Llevo toda la tarde enumerando mis pecados y poniendo en orden las ideas con esa sensación de incertidumbre que deja tras de sí el exceso. Hay un pensamiento que me inquieta desde anoche: aún hay personas que se sienten obligadas a dar demasiadas explicaciones. En plena era del inclusismo integral parece que algunos no estamos incluidos. No cabemos todos en esta modernidad de plástico. Hay hombres y mujeres (sobre todo mujeres) que siguen siendo juzgados por decidir no compartir su vida con nadie. Ser simplemente solteros. Que no es lo mismo que estar solos. Ser responsables únicamente de sus propios actos, que no es poco. La sociedad les inquiere, les atosiga, les presiona, les pregunta.

Hay mujeres (y parejas) que deciden no ser madres. Que prefieren una vida diferente a la que supuestamente la naturaleza las ha abocado. Qué respetable y madura es una decisión así. Dar vida, traer otra vida al mundo, a este mundo abominable, no es algo que se deba hacer por obligación. No se trata del siguiente paso en un proceso de socialización: comprar un piso, casarse, tener niños, mudarse al campo… Se trata de algo tan importante que si uno no tiene la convicción ni las ganas ni la decisión, lo más sensato es siempre la opción sincera. Habría que dejar de aceptar como normales otras conductas que son las realmente egoístas.

Mens sana in corpore sano

Steve Mcqueen entrenando.

¿Y lo del culto al cuerpo? El inculto al cuerpo. El mens sana in corpore sano de estos días, que solo cuida el cuerpo, pero manda al carajo la mente. Leer y formarse espiritualmente hoy día es lo sospechoso. Entrar en la cadena de mantenimiento físico e intentar llegar o quedarse cerca de los parámetros de un falso canon sagrado es el verdadero objetivo. Hay que estar bien, te dirán. Como si estar bien dependiese de un espejo. Has cogido unos kilos, te reprochará la sociedad en el autobús. Estás muy canija, te falta un cocidito, deberías tomar vitaminas. Estás gordo, estás calvo, estás viejo, estás solo: !estás en el punto de mira del marketing!

Hasta cuándo. Cuándo vendrá la verdadera libertad. Ese momento en el que luchar por las causas perdidas ya no sea necesario. En el que solamente baste con vivir. Ojalá algún día despertemos y ya no sea necesario esperar a que el sistema nos diga a qué rebaño pertenecemos, qué tipo de ciudadanos somos o qué derechos están a nuestro alcance. No permitamos las clasificaciones: usted es rojo y usted es azul, usted es gay y usted es hetero, usted es negro y usted es blanco, usted es raro y usted es normal. No existe la normalidad, no existe la verdad, no existe la perfección. Solo existe vivir. Vivir lo mejor que uno sepa. Vivir sin tener que estar todo el día dando explicaciones.

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