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30 septiembre 2021
Autor: Spiff
Carta a los Reyes Magos (en octubre)

Aquí estoy, otro día más intentando escupir palabras, una detrás de otra, procurando dar forma a algo que hasta hace un rato ni existía. Cada vez me cuesta más, primero porque según pasa el tiempo, hay menos temas de los que escribir. Segundo porque como dice Luis Landero, la literatura nació de la semilla del viaje y la gente no sabe vivir sin historias. Otra vez cito a Landero, siento ser repetitivo, últimamente sólo le leo a él. Necesitamos de historias para vivir, pero para escribirlas, primero hay que vivirlas. Esta pescadilla que se muerde la cola es mi tormento. Los dos últimos años apenas he vivido, podría borrarlos de mi existencia, como esa fase en la que los gusanos de seda se convierten en crisálidas para luego hacerlo en mariposas, ¿te acuerdas? Eres niño, disfrutas recolectando hojas de morera para alimentar a los cuatro gusanos que guardas en una vieja caja de zapatos. Aprecias cómo cada día los pequeños crecen y van cambiando de piel y de color, eres feliz, pero en una de esas, en la cuarta muda, entran en un breve período de sueño, y una vez consiguen su tamaño máximo, expulsan un excremento líquido para empezar a hilar sus propios capullos de seda.

Después de despertar cada mañana y antes que cualquier otra rutina, saludabas y alimentabas a tus gusanos, pero ellos se emancipan de ti, y no lo hacen como el youtuber abandonando su patria, lo hacen defecando y envolviéndose en su propio excremento. ¿Hay algo menos gratificante y más triste que esto? No lo creo. Un trauma infantil. Si alguna vez alguien se atreve a decir que soy poco agradecido, siempre me quedará la réplica de…y los gusanos de seda, ¿qué?

La pandemia ha sido mi propia crisálida. ¡Dios, cómo hubiese deseado no pasarla! Ni viajes, ni relaciones humanas, ni trabajo… Una basura. Los optimistas, beatíficos, felices con poco, dirán que algo bueno hubo, que los delfines nadaron por los canales de Venecia, que nos hizo replantearnos cosas, que aprendimos a hacer yoga o algo parecido, y que los capullos de gusanos de seda acaban por convertirse en mariposas. ¡Al carajo! Ese maldito virus me ha quitado año y pico de vida, pero las arrugas, la alopecia, el dolor de huesos, la grasa acumulada, el precio de los Rolex y mis ansias por una prenda u otra no han dejado de crecer.

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Rolex Chronographe Antimagnetique ref 4537

De esto último vengo a hablarte, que lo mío no es la escritura, para eso léete a Landero. Yo soy mucho más ególatra que eso, yo quiero hablarte de mis trastornos, de esa ansiedad por querer cosas; chaquetas, cazadoras, abrigos, zapatos, zapatillas, relojes, sillas. Sí, joder, sillas. Soy un materialista y superficial con cura diagnosticada, comprar. El doctor lo recomienda, y yo no puedo negarme pues el tipo soy yo mismo. Gracias, Iván.

Pero he aprendido a comprar, ahora llevo a rajatabla aquello de las gallinas que entran por la que salen. ¿Me apetecen las CQP Racquet? A vender, intercambiar o regalar las otras zapatillas de diferentes marcas que tengo en cantidades ingentes y que lamentablemente cada vez uso menos. Porque sneaker freaker always, pero no sé, o me hago mayor o más clásico, y lo de menos es más lo aplico casi tanto como lo de las gallinas. Esto no siempre ha sido así. Antes, colorines, nuevos modelos…un coleccionista. Zapatillas everywhere, da igual cómo, una especie de periodista de la prensa sensacionalista. Nike, Adidas, Asics, New Balance…las tenía todas. Con 7 años, mientras los niños pedían el Power Ranger rojo a Santa Claus, yo pedía las Nike de Charles Barkley. Oh, sí, yo era ese muchacho del que Macklemore y Ryan Lewis hablaban en Wings. Aquellas cámaras de aire me hacían volar, tocar la red. “Mamá, ¡lo he hecho! Soy Jordan” “Vale hijo, pero mete la lengua, que te la vas a morder”. No le hice caso y así pasó, mordisco y a coser.

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CQP Racquet

Uno cambia los afectos con los años, pero de la tentación, ¿quién está libre? Ahora no quiero las Nike de Barkley -aunque no me importaría, las mías, las que llevé cuando estaba en primaria-, pero siguen tentándome ciertas cosas. Entre otras, las Racquet de CQP. Otra, y de verdad que no se me quita de la cabeza, la camisa denim de Ripense. Bueno, de Andrea me gusta todo… ¡Qué abrigos! ¡Qué trajes! Pero, o me quedo sin ropa en el armario, o me apaño con su camisa, que no es poco. Al final es complicado que te guste una camisa denim más que otras porque en diseño todas poco distan entre sí, pero la de Andrea es diferente. No voy a entrar en detalles, simplemente obsérvala y ahora compárala con cualquier otra, ¿ves? Lo que te decía.

Jerséis, quiero jerséis. Es llegar el otoño y querer ponerme jerséis. Por frío, por identidad, me siento bien con ellos; cuello vuelto, cuello pico… Fantaseo con los de cuello en caja y lana Shetland. Esta vez no quiero la suavidad del cashmere, quiero resistencia, clasicismo (otra vez), sentirme JFK en uno de sus viajes, protección frente al frío, quiero un JPress en un color chillón -por eso de no llevar el clasicismo a la sosería-, y quiero contártelo. El tiempo, las ganas y la musa, dictarán si finalmente lo hago.

Quiero el sofá de Isamu Noguchi, la silla de Carlo Mollino, alguna de Charles & Ray Eames, y la de Edward J. Wormley. Esa estructura de arce blanco, cerezo, cobre y latón, acompañado de tapicería de lana me quita el sueño. Da igual que no quepa en mi apartamento, compraré todo y lo guardaré en el trastero para cuando tenga una casa más grande.

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Camisa denim de Sartoria Ripense

Ray Eames

Ray Eames sentada en una de sus sillas

Quiero unos Single Monk Strap en ante de Yohei Fukuda. Los quiero como los que aparecen en su Instagram, simplemente perfectos. Y una chaqueta con estampado guncheck. Todavía no sé cómo, si será teba o sport coat, si llevará lana de Marling and Evans o de Holland & Sherry. Pero sí sé quién la hará. Hay veces que conoces al amor de tu vida en un bar, y hay otras veces que conoces al tipo que sabe vestirte para lograr lo primero. Roberto de López Aragón es ese tipo. No necesita detalles, un mentalista, siempre sabe lo que quiero.

Persiste esa creencia, un tanto absurda, de que el hombre interesante no puede querer cosas “materiales”, que el ser materialista te coloca directamente en un escalafón menor, como si no tuvieras derecho a vivir, a sentir. ¡Materialista! ¡Superficial! Llamen a la Inquisición y llévenselo de aquí. Aun con un ego incontrolado, no puedo asumir lo del rol de “tipo interesante”, pero aceptar la creencia de que lo material y superficial nos coloca en la cola del pelotón, es casi peor.

Gran culpa de esto la tiene esa subespecie de psicólogo hecho coach o blogger. Lo siento, no puedo con ellos, más ego incontrolado que moi, y ya es decir. Estos focalizan casi todo en el capricho. “El materialista y superficial guía su vida en sus caprichos, y si no los consiguen, se llenan de emociones negativas que acaban en un profundo malestar”, detallan llenos de verborrea. ¡Ay! Si supieran de mi imaginario, de la cantidad de Patek Philippe que rondan mi cabeza, a cada cual más exclusivo e inalcanzable… Y aún con todo, aquí sigo, feliz, no he decido arrojarme desde lo alto de un puente.

Henry Ford decía que los hombres superficiales creen en la suerte y en las circunstancias. Los fuertes creen en las causas y en sus efectos. Yo sigo pensando que el gol que nos marcó Sergio Ramos en el 93 fue por mi culpa, por no ponerme unos pantalones… Y, ¿sabes una cosa? Tiene su gracia.

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