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20 junio 2022
Autor: Spiff
Las cosas que he aprendido de La Ciudad

Ahora que está muy de moda la narración confesional les diré algunas cosas que he aprendido de La Ciudad:

  1. Precios por las nubes. Aquello es inflación y lo demás son tonterías.
  2. Me siguen gustando los Sour Patch. Mucho.
  3. Tío, el streetstyle mola, relájate un poco, que tienes 34.

6 años hacía desde que mis pies patearan avenidas arriba y abajo. Demasiado tiempo, necesitaba volver, porque, como decía Lagerfeld, “mientras que otros lugares tienden a quedarse estancados, Nueva York siempre continúa evolucionando”. No le faltaba razón. Visionario él, sabía que La Ciudad era, es y será la más influyente. Y aunque su influjo sea tan poderoso, lo que más despierta en un servidor es nostalgia –a veces perdida entre la rutina del día a día-, de las cosas que me gustaban y me siguen gustando. Todas las que he vivido a través de la pantalla estos 34 años. Recorrer sus calles es el sueño hecho realidad del cinéfilo, pero también del melómano, y del que le guste el baloncesto, o el arte urbano, o la arquitectura. Parafraseando a otro genio, Le Corbusier, “Cien veces he pensado que Nueva York es una catástrofe, y 50 veces que es una hermosa catástrofe”. Porque Nueva York es como cuando de pequeño ibas al Zoo y te quedabas embelesado mirando los tigres, o los pingüinos, o los osos. Nueva York es una especie de zoológico fascinante que despierta interés hasta incluso en los que casi nada parece interesarle.

¿Recuerdan a Michael Jordan anotando 63 puntos frente a los Celtics? Era el 86 y yo ni siquiera había nacido, pero he visto tantas veces repetidas esas imágenes… Aquel tipo levitaba entre el griterío. Y ni siquiera era un Jedi. Conclusión, todos queríamos ser como él. Tener su camiseta, sus pantalones y por supuesto, sus zapatillas. Unas Nike a juego con su vestimenta –rojas, blancas y negras- que nombraría como Air Jordan 1.

Dos años después nací. No sé cuando exactamente fue la primera vez que vi a Michael, pero fue mi primer ídolo. Después de mis padres, claro. A ellos fue a quienes pediría unas de esas Jordan magníficas con las que poder elevarme en el espacio sin la intervención de un agente físico externo. Mis padres, con tal de satisfacer a aquel mocoso insoportable, las compraron. Como harían después con las Nike Air Max 2 CB del “gordo” Barkley. Qué zapatillas… Tenía 6 años y era sin lugar a dudas el tipo más guay de todo el colegio. Que digo del colegio, de toda Madrid, de toda España.

Nike air max 2 cb

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Pero mi madre empezó a preocuparse. “Tan sólo tienes 6 años hijo, esto no puede continuar así”. Y no se equivocaba, la situación corría el riesgo de convertirse en insostenible, en precipitarse en un abismo de materialismo, consumismo y todas las palabras acabadas en ismo… Incluso idiotismo. Pero, sin ánimo de echar balones fuera, había una cosa que me diferenciaba del crio idiota, caprichoso, mimado y pedigüeño; yo cuidaba aquellas zapatillas como si fueran tesoros, evitando mancharlas, pasándoles mis dedos mojados en saliva por la puntera para limpiarlas, cambiando los cordones cuando parecían no tener mucha más vida útil. Aprendí a darle valor a las cosas, a los regalos, al sacrificio que mis padres hacían cada vez que gastaban ese dineral en mí. No hubiera estado mal haberlas cuidado hasta el día de hoy. En tal caso cabría la posibilidad de venderlas y devolver aquel dinero a mis viejos multiplicado por 100. Aunque puestos a ser sinceros, dudo mucho que las vendiera. Sí, digamos que poseo una especie de trastorno que impide deshacerme de bienes materiales. No creo que sea serio, no hasta el punto de catalogarlo como Diógenes, pero igual debería hablar con un especialista. El apego por las cosas que a priori podrían ser insustanciales al ojo de cualquier humano, pero que en mí no. Esa camiseta la compraste en tu viaje de fin de curso, ¿cómo la vas a tirar?…

Los ídolos y los objetos ligados a los mismos continuaron. Ronaldo Nazario regateando a todo el Compostela con sus Nike Tiempo y celebrando el gol haciendo el avión. Aquel anuncio de los de Oregon al ritmo del Rey del Rock y con director de orquesta Eric Cantona, de la jaula; Ronaldinho, Davids, Nakata, Del Piero, Thuram, Denilson… Era tan bueno que todos deseamos que fuera real. Compré aquella camiseta y por primera vez dejé crecer mi cabello con el único objetivo de parecerme a él, Francesco Totti. Incluso cometí la osadía de hacerme con una de esas cintitas para el pelo que los Crepo, Cannavaro, Maldini y el propio Totti llevaban. Una horterada que era sinónimo de talento. Los rivales ya sabían que el 7 tenía peligro. Batistuta, me llamaban.

Alessandro Del Piero y Ronaldo Nazario, 1997.

Lleyton Hewitt, 1998

De ahí, al tenis. Primero Agassi y luego Hewitt. El americano, mi favorito. De siempre. Su Head Radical, su cabeza sin peluca, su nerviosismo… Mi padre, que también jugaba al tenis, era más de Sampras, pero yo no, por muy bueno que fuera el de Maryland, era soso comparado con André. Nunca más habrá nadie como André. Lleyton se le acercó. Estamos hablando de tipos cool, entiéndame, ya sabemos que Roger y Rafa hay que darlos de comer aparte.

Como les decía, el australiano suplió al americano. Me obsesionaba aquella gorra para atrás que el tenista vestía en sus años de bonanza; cerrada y negra de Nike. Muchos años buscándola sin éxito.

Si han llegado hasta aquí -se lo agradezco, no es fácil leer los sentimientos nostálgicos de este charlatán-, seguramente no entiendan nada. No entenderán qué demonios tiene que ver todo lo que les he contado con Nueva York.

Dicen que la razón busca y el corazón encuentra. Pasear por Nueva York y descubrir de cerca algunas de las marcas de moda no ha hecho otra cosa que rencontrarme con mi infancia y adolescencia. Acordarme que hubo un tiempo en el que sí me dejaba llevar por el establishment. Pero no un establishment cualquiera, uno dirigido por una banda de iconos, de ídolos. Algunas veces el icono era el tipo que encestaba triples como si nada, otras tu hermano mayor, tu primo, tu padre…

Les confesaré algo, en mi adolescencia, yo solía enamorarme mucho. Chica que pasaba y me sonreía, chica de la que me enamoraba. Me gustaba aquello porque cada una de aquellas chicas parecía ser la chica de mi vida. Y algo parecido me pasaba con los objetos y con los ídolos. No era lo mismo claro, pero no existía el análisis de ahora. En la era de la inmediatez rara vez puede uno ilusionarse con alguien, rara vez surge un ídolo al que intentar imitar. Antes no. Lo que te entraba por los ojos, era definitivo.

A veces no nos damos cuenta de que muchos de nuestros actos –los de ahora-, vienen condicionados por una historia del pasado. Historias en las que apenas reparamos racionalmente y que sin embargo nos marcan. A mí me marcó mi infancia. Para bien. La recuerdo con tremenda felicidad. Ahondar en la memoria y recuperar momentos, anécdotas, personajes, familiares y objetos… es un ejercicio necesario para saber lo que realmente hay dentro de cada uno de nosotros.

Caminar por el Downtown y ver todas esas zapatillas que tuve durante años y darme cuenta de que existe cierto romanticismo en esa cultura que se ha desarrollado alrededor de las mismas ha resultado ser super gratificante e inspirador. Me ha hecho pensar que existe cabida para las tendencias, incluso entre los que ondeamos la bandera del menswear y de las prendas atemporales con alto orgullo. Que no deberíamos dejar de jugar. Por muchos años que vayamos sumando, uno nunca debería perder sus recuerdos. Sentirse joven. Calzarse unas zapatillas de vez en cuando; o unos naúticos Timberland como cuando eras -permitidme tutearos, hay confianza-, adolescente; o un Swatch de plástico y fluorescente… Aunque ninguna de estas cosas pegue absolutamente nada con lo que lleves encima, ¿qué más da? Son las zapatillas que también usabas cuando eras un niño y soñabas con ser jugador de la NBA. Son los zapatos que calzabas cuando diste tu primer beso. Es el primer reloj que tuviste. Todo eso es mucho más importante que cualquier protocolo o regla de cómo vestir con 30, con 50 o con 60 años.

No os estoy diciendo que salgáis a la calle vestidos de Justin Bieber. O sí. En realidad, ¿quién soy yo para deciros lo que os debéis poner o no? La forma de vestir de cada uno debería denotar personalidad propia, y si alguno le apetece llevar unas Jordan con una chaqueta, ¿por qué no debería hacerlo?

Don Draper comentaba que “en griego, “nostalgia” significa literalmente “el dolor de una vieja herida”. Es una punzada en tu corazón, mucho más poderosa que la memoria sola. Este dispositivo no es una nave espacial, es una máquina del tiempo. Va hacia adelante y hacia atrás, nos lleva a un lugar donde anhelamos volver”.

Nueva York es esa nave espacial, mi particular máquina del tiempo. Gracias.

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