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25 marzo 2021
Autor: Spiff
Metro B

Por Pedro J. Lacort:

Llevábamos quince minutos en Roma y ya nos estaban intentando robar. Éramos tres, Cristina y Marta de veintitrés años y yo de veinticinco. Quizás un poco mayores para ser erasmus. Nos habían informado de ello hasta el hartazgo. “Cuidado en Termini”, “no habléis con nadie”, “no dejéis que nadie os siga ni que os ayuden con las maletas”.

Efectivamente, un hombre trajeado, con buen aspecto, al menos desde lejos, se fijó en nosotros y en nuestros noventa kilos de enseres, la casa a cuestas. Nos siguió hasta la primera calle paralela y, entonces, nos abordó gentilmente. Se ofreció a ayudar a una de las chicas, ella dudó durante un instante, pero llevada por el cansancio y el agobio, reaccionó con raza y le dio un manotazo y un par de gritos al fulano que huyó farfullando en su idioma.

Yo llevaba un papelito con la dirección de nuestro hostal apretado entre los dientes y, de vez en cuando, me paraba, soltaba las maletas y le enseñaba el papel a un viandante. Uno tras otro, todos me iban diciendo lo mismo, parecíamos estar cerca. Cuando por fin llegamos, allí no había nada. Era la dirección correcta, pero no había ningún hostal. Subí y bajé varias veces las escaleras del edificio. Ni rastro. Las chicas me esperaban abajo y nunca olvidaré sus caras. – Aquí no es. – Les dije. – La dirección es correcta, pero no hay nada, solo viviendas y una clínica dental.

En medio de la desesperación, tuve la lucidez de parar un taxi. Todo fue muy rápido. Casi estábamos obstruyendo el tráfico con nuestro equipaje. La taxista era una señora de mediana edad que nada más vernos en apuros, se bajó y nos dedicó una sonrisa tranquilizadora. Entre todos subimos los bultos al maletero y nos fuimos de allí. Yo me coloqué delante y le expliqué lo mejor que supe que necesitábamos que nos llevase a un hostal barato, pero sin asesinos en serie. Ella, que nos miraba como solo saben mirar las madres, se ocupó de todo. Miré por el espejo del parasol y sentí que ya había pasado el susto. Las dos chicas miraban pasar por sus respectivas ventanillas los edificios y las rotondas.

Rome Ryan Neeven

Foto: Ryan Neeven

Llegamos a una especie de residencia del YMCA junto a Santa Maria Maggiore. La calle se llamaba Cesare Balbo y estaba sucia de papeles y restos de fruta. Eran las diez de la noche y estábamos confundidos y agotados. Fuimos uno a uno duchándonos en el baño comunitario que, a esas horas estaba vacío, y después de charlar un rato, nos fuimos poco a poco quedando dormidos sin cenar.

A la mañana siguiente nos despertaron todas las campanas de Roma. Nunca olvidaré aquel primer estruendo que nunca más volvería a oír con tanta nitidez. Recuerdo que mientras mis compañeras aún dormían, yo me acerqué a la ventana y la abrí de par en par. Abajo, en la misma calle que la noche anterior nos encontramos llena de desperdicios, había aparecido un mercado. La fruta, las flores, los trastos. Vi todo aquello y sentí que, ahora sí, había llegado a Roma. El olor, los sonidos y la gente. El cliché completo.

Desde aquel primer encuentro, comprendí que si quería vivir en una ciudad como Roma, tendría que pagar un precio. Durante el año que vino después de aquella primera noche pude ver cosas maravillosas, pero también descubrí las sombras. Pude ver el decorado, pero también las tramoyas. Las ciudades, al fin y al cabo, son también todo lo que no aparece en las postales.

Rome Ryan Neeven

Foto: Ryan Neeven

Roma es el atardecer desde el Campidoglio, pero también los centuriones falsos y casposos del Coliseo. Roma es una guerra de almohadas en Santa Maria in Trastevere para celebrar la llegada de la primavera, pero también la noche aquella en la que la humedad (la horrible humedad de Roma) nos caló los huesos esperando el autobús de vuelta a casa. Roma es el beso aquel en un concierto del Primo Maggio, pero también la pareja de jóvenes gays que se sueltan de la mano al entrar en Via del Corso. Roma ha tenido siempre dos líneas de metro: la A, bonita y moderna, para que los turistas lleguen a San Pedro; la B, averiada y sucia, para que los romanos lleguen a sus casas. Roma es la paninoteca secreta que me descubrió un amigo portugués cerca de Piramide, pero también la factura hinchada de aquella bisteccheria junto a Piazza Navona. Roma es aquel pizzaiolo egipcio que me abrió todo un horizonte de pizza tonda a cuatro euros, pero también aquellas dos bolivianas que quisieron hacernos la encerrona en Piazza Bologna. Roma es el señor paquistaní trajeado que velaba por la seguridad del supermercado Lidl de Tiburtina y nos dejaba el carro para llevar la compra a casa, pero también los sátrapas de Tecnocasa que nos entregaron el piso sin luz y lleno de mierda. Roma es buscar a Rubini o a Gambardella por los escondrijos de Via Veneto y encontrar nada más que turistas que malcomen en el Hard Rock Cafe. Roma son las fiestas de la Muccaassassina y la vuelta a casa en el Fiat Panda de Valentina. Roma es Bernini, Caravaggio y Borromini, pero también es Berlusconi expulsando rumanos sin preguntar. Roma es aquel coqueto aperitivo de Campo de’ Fiori en el que bebíamos cócteles de fresa porque no había Barceló. Roma es San Pedro y su concentración de belleza, pero también un grupo de chicas en la cola tapándose el escote con pashminas y pañuelos horrorosos para poder acceder a contemplarla. Roma es la Fontana di Trevi sola para nosotros un martes por la noche, pero también una pareja de carabinieri que se acerca inevitablemente para galantear a nuestras amigas. Roma es una botella de Grappa entre cuatro amigos sentados en la Fontana delle Tartarughe, pero también aquel bar cerrando la persiana porque Totti se acaba de lesionar y el dueño está enfadado.

Rome Ryan Neeven

Foto: Ryan Neeven

Podría seguir así un buen rato, pero siempre he pensado que este tipo de anécdotas solo importan a quienes las vivieron. No obstante, creo que ha quedado claro el mensaje. Nadie conoce una ciudad en cinco días ni en diez. Para conocer una ciudad hay que sufrir en ella, llorar de rabia, calarse hasta los huesos, encontrarse el metro cancelado un día entero, porque el tercer suicida en un mes no ha sabido arrepentirse. Lo mismo ocurre con las personas. Cuántas veces hemos juzgado precipitadamente una cara, un gesto, una frase torpe. Las ciudades son lo que vivimos en ellas. Cada persona intenta ser una ciudad. Yo aquel año fui Roma. Lo hice lo mejor que supe.

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